Mientras leo «Susurros de arena» las moléculas del día desaceleran majestuosamente y pasan del claro calor del Sahara al bronce infinito y, finalmente, a la santidad del negro. Me siento bajo un océano de estrellas del desierto electrizadas por el atardecer en la hora en que no hay distancia entre larena y el techo celestial, con la cabeza llena de preguntas y respuestas, aunque siempre me he sentido atraído por lo que yace en medio.
Por aire, tierra y mar «Susurros de arena» ha sido mi compañero nómada durante un millón de millas revelándose de nuevo con cada lectura. Es una calma en la tormenta y una tormenta para los áridos mientras la lengua humedece el índice y el pulgar en anticipación del siguiente poema y el próximo millón de millas.
La poesía de Dom Gabrielli me anima a viajar emocionalmente a lugares a los que solo sus palabras me llevarán, a espacios donde me siento libre y menos solo.
Ben Harper
X Premio Marcelo Reyes a la Traducción.
