«En los años setenta, mis abuelos como miles y miles de familias andaluzas, emigraron a Cataluña, y allí nací.
En cuanto a mí, mi madre sospechaba desde el principio que algo no iba bien, yo no respondía a sus llamadas y se confirmó que no oía nada cuando yo tenía un año. Para ella fue un golpe muy duro, tan tremendo, le aterrorizaba la idea de que yo no hablara ni entendiera jamás los cuentos de su abuelo. Como es lógico, se negaba a aceptarlo».
Yol creció en el mundo de los oyentes, no habla la lengua de signos, se comunica gracias a la lectura labial, «si hablo es gracias a mi madre, a ella le debo lo que soy. Me sacó adelante como pudo y me enseñó todo o que tenía a su alcance. Los cuentos de su abuelo es la mejor herencia que he podido recibir en esta vida y me siento orgulloso de ser ‘su hija y su bisnieta’. Me siento también andaluza hasta las trancas».
