¿Es posible soñar despierto? Por supuesto, los seres humanos lo hacemos continuamente cuando miramos al futuro sin las ataduras del pesimismo. Diego Conde Vitalla (Zaragoza, 1997) comienza Sube a nacer conmigo, su primer libro, con estos versos que podemos leer como una poética: «No es necesario estar dormido para soñar. / Para algo / más que ver son mis ojos», unos ojos que observan con asombro cuanto acontece en el espacio reconstruido del deseo y en la naturaleza que lo alberga. Hay en estos poemas, en la utilización de elementos naturales, similitudes con la poesía panteísta de Neruda —no en vano el título del libro proviene de un verso, utilizado además como epígrafe del poema «La espera» del Canto general nerudiano— como agua, noche, desierto, viento, tierra, fuego, nimbo, estrellas: «Surgieron entre espigas del pan de los pobres dos iris desnudos con el fuego desierto de orquídeas suicidas y un río de luces que baña la noche» (la voluntad de fusión con la madre tierra, al no percibir aliento divino alguno, nos parece evidente). El poema, un artificio al fin y al cabo, parece así buscar cierta complicidad con lo originario y la palabra se convierte en el vehículo para lograrlo, son las usufructuarias del recuerdo y la página es entonces ese espacio reconstruido del deseo del que hablamos más arriba: «… y que sean ellas, / las palabras, / las que sufran el tormento / de extraviar / las caricias que me diste». Pero las palabras. Al fin y al cabo, no pueden abrazar la totalidad de la experiencia: Existen cuestiones que se resisten a ser confinadas en el papel. Ángel Saldaña, el autor del prólogo, rememorando a José Ángel Valente, habla del «desafío del lenguaje, ante la incertidumbre de su propia disolución, palabra que se disuelve en la imagen que genera y que al decirse se deshace», pero el lenguaje sirve para evidenciar—en su caso— las incertidumbres vitales. Coincidimos con Saldaña en que «estos poemas reflejan una tensión y un desajuste importantes entre la vida digerida como acontecimiento y la vida transformada en un acto de conciencia», y es que, como escribe Conde, «Dos caminos se cruzan / en cada letra / escrita / un inmenso silencio / y / un blanco finito».
Ángel Saldaña
Ángel Saldaña
