Félix Romeo creía en la amistad como otros creen en la vida eterna. Creía que unas bragas son lo más diferente a la muerte que existe. Creía que todo el mundo tiene un don. Creía en la defensa dogmática de la libertad. Creía que había que escribir como el cultivador de champiñones: con los pies enterrados en mierda y con la certeza de que el producto no es un manjar. Creía en Zaragoza y en el Zaragoza y en el gol de Nayim. Creía que todo el mundo debería vivir enamorado. Creía que el suicidio de su amigo Chusé fue una bendición, un siniestro crimen perfecto, porque no habría vuelto a escribir si él hubiera seguido vivo. Creía que hay buenos y malos. Creía que cuando uno se muere su yo se disuelve y ya está. Aunque en este último punto estaba equivocado: este libro es la prueba.
Jorge Martínez Lucena comenzó a imaginar la escritura de esta historia el mismo día en que Félix Romeo murió y Facebook se tiño de amarillo. El resultado no es una biografía de Félix Romeo, sino unas extrañas memorias fragmentarias escritas por otro gracias a la memoria de otros, una relación imposible hecha de páginas que invitan a una lectura propia, un entretenido zapping que por convención llamaremos libro.
