La soledad, un tema recurrente en tantísimas obras literarias, es el eje vertebrador del proyecto descomunal de Luis Tamarit titulado Metástasis. Una ambiciosa obra circular compuesta por mil poemas de estructura fija distribuidos en diez libros independientes, del que el lector tiene ahora la tercera parte. Un trabajo cuyo propósito principal es permanecer humano, una vez que el hombre ha recibido de la filosofía el regalo de este presente ruinoso: un enorme vacío existencial y ontológico. Una encrucijada ante la que solo cabe la urgencia de vivir, cifrada a lo largo de toda la serie bajo esta consigna alentadora: Apresúrate aún queda
cuerpo para el dolor.
Íñigo Linaje
Benicarló, 18 de abril de 2020
Escribir es ocupar un espacio en el tiempo, afirmación que serviría para cualquier ejercicio escritural sin excepción (o para cualquier disciplina activa). Sin embargo, se revela con más evidencia en la lectura de Metástasis III como definición preventiva de esta tercera entrega de un poema que se enlaza, como le gustaría decir a Borges, al poema del mundo, a la poesía universal entendida como la escritura permanente de un libro infinito, escritura ad eternum que viaja según su naturaleza y en su naturaleza misma (habría dicho Valéry) y sigue ocupando espacio, sigue proyectándose en el tiempo. Metástasis III, además, sigue ocupándose del espacio y sigue ocupándose del tiempo.
… Y creo yo que este vaivén de lo que fue, lo que es y lo que será es una de las preocupaciones que subyacen en el pensamiento tamaritiano a partir de una pulsión dramática de la existencia de ese yo que escribe en el espacio diluido en un ecuménico nosotros o en un tú distanciador: Caminas entre lo que fue y lo que será caminas como camina la savia en los letargos vegetales (210).
«Todo nos devuelve al mismo camino» (301), concluye Luis Tamarit un poema que comenzó con la muerte atravesando «lo que se niega a morir» (201), un imposible anhelo de eternidad que, sin embargo, se reproduce en la propia palinodia del eterno recomenzar. Claro que no lo obvia el poeta, para quien, al fin y al cabo, esa dimensión temporal, en su evocación machadiana, se resuelve en su [hoy es] «siempre todavía» (263).
Antes, Oscar Wilde se convenció de que «para el poeta, todos los tiempos y lugares son uno.»
M. Martínez-Forega
Zaragoza, septiembre 2020
Notas: Íñigo Linaje y Manuel Martínez Forega.
