La construcción de los lavaderos de lana de Calamocha y El Poyo del Cid en el siglo XVII, junto con el posterior proyecto de Fuentes Claras en el XVIII, sólo tienen sentido en unos circuitos mercantiles que se dirigen a mercados lejanos. Si las materias primas se hubieran quedado en Zaragoza o en distancias relativamente cortas no hubiera sido tan necesario proceder a su lavado.
