Cuando se ha vivido durante tantos años con las manos impregnadas a diario de la cálida carnalidad milenaria que atesora, y se dominan todos los secretos de su dúctil naturaleza terrestre, las posibilidades expresivas de un material tan primigenio, humilde y al propio tiempo noble, como la universal arcilla pueden llegar a ser tan ilimitadas como lo sean las capacidades sensitivas, las sutilezas formales, los recursos iconográficos, el bagaje sentimental del artífice, cualidades todas ellas que Jesús Sanz (Zaragoza, 1965) ha venido definiendo a lo largo de las últimas décadas, hasta consolidar unos valores plásticos y expresivos que ya identifican con destacable precisión los rasgos distintivos de su obra escultórica.
