El conflicto entre Occidente y Oriente no es nuevo, sino que hunde sus raíces en la Antigüedad. A la muerte de Alejandro Magno (323 a.C) el enfrentamiento se enquistó entre sus herederos, los seléucidas, y los partos, que libraron cruentas luchas. La llegada de Roma a Oriente aumentó dicha rivalidad, estallando un conflicto militar entre partos y romanos casi perpetuo, que conllevó grandes triunfos para Roma, pero también desastres de consideración. Mientras que Roma, en su guerra contra los partos, perdió en combate a un triunviro y a dos emperadores, ningún rey persa murió ni fue capturado en batalla. Poco a poco la hegemonía occidental sufrió un declive y los partos terminaron por volver a adueñarse de Oriente.
La monarquía sasánida construyó un imperio burocratizado y con un ejército profesional, por lo que Roma se enfrentó en Oriente con un enemigo mucho más parecido a sí misma y con unas particularidades que lo diferenciaban, con mucho, de los “bárbaros” del Rin o del Danubio.
Los persas no sólo libraban guerras contra seléucidas y romanos: hicieron frente a invasiones de tribus esteparias por el norte y de diversos pueblos árabes por el sur, mientras libraban un sinnúmero de guerras civiles. Por su parte, los romanos no sólo tuvieron que enviar sus águilas para controlar tan preciado territorio frente a seléucidas, partos y sasánidas, sino también para intentar frenar al que se convertiría en uno de sus enemigos más acérrimos y famosos, el poderoso Mitrídates, rey del Ponto.
El presente libro narra la historia de estos acontecimientos, en un enclave donde intrigas política, potencia militar, rivalidad, poder y ambición se convirtieron en los protagonistas perpetuos de un territorio, el Oriente Próximo antiguo, de contacto permanente entre civilizaciones.
