Pelai Pagés i Blanch es doctor en Historia Contemporánea y profesor en la Universidad de Barcelona. Ha centrado buena parte de sus investigaciones en la Guerra Civil, el franquismo y la Transición española.
Una de las características sorprendentes de la historia europea en los siglos XIX y XX fue la aparición, por primera vez en la historia de la humanidad, de ideas filosóficas y de movimientos político-culturales, que definían los papeles, las demandas, los sufrimientos, las esperanzas y las actividades políticas organizadas por la clase obrera industrial y por el campesinado.
Pero fue en España, particularmente en Cataluña, en algunas zonas de Aragón y de las provincias agrícolas meridionales de Andalucía y Extremadura, donde el anarquismo atrajo, o asustó, a un porcentaje importante de población. Desde 1860 hasta los primeros meses de la Guerra Civil, un creciente número de españoles estuvieron influenciados por las reivindicaciones anarquistas para poner fin a la monarquía, para reducir en gran medida el poder de terratenientes, industriales y de la iglesia católica.
Desde la primavera de 1936 hasta el otoño de 1937, los anarquistas catalanes y aragoneses tuvieron una oportunidad única para demostrar lo que para ellos significaba la gobernabilidad y la moralidad anarquistas. Cómo utilizar los recursos naturales y humanos de los territorios que habían podido ocupar al principio de la Guerra Civil. Cómo crear un sentido de buena voluntad para compartir el trabajo, las herramientas, la responsabilidad personal. Cómo disciplinar a individuos renuentes sin recurrir a la violencia y cómo ganarse la simpatía de gente que no creía en los principios anarquistas. ¿Cómo debían repartirse la escasa comida y las medicinas?… Y un largo etcétera.
Una de las características sorprendentes de la historia europea en los siglos XIX y XX fue la aparición, por primera vez en la historia de la humanidad, de ideas filosóficas y de movimientos político-culturales, que definían los papeles, las demandas, los sufrimientos, las esperanzas y las actividades políticas organizadas por la clase obrera industrial y por el campesinado.
Pero fue en España, particularmente en Cataluña, en algunas zonas de Aragón y de las provincias agrícolas meridionales de Andalucía y Extremadura, donde el anarquismo atrajo, o asustó, a un porcentaje importante de población. Desde 1860 hasta los primeros meses de la Guerra Civil, un creciente número de españoles estuvieron influenciados por las reivindicaciones anarquistas para poner fin a la monarquía, para reducir en gran medida el poder de terratenientes, industriales y de la iglesia católica.
Desde la primavera de 1936 hasta el otoño de 1937, los anarquistas catalanes y aragoneses tuvieron una oportunidad única para demostrar lo que para ellos significaba la gobernabilidad y la moralidad anarquistas. Cómo utilizar los recursos naturales y humanos de los territorios que habían podido ocupar al principio de la Guerra Civil. Cómo crear un sentido de buena voluntad para compartir el trabajo, las herramientas, la responsabilidad personal. Cómo disciplinar a individuos renuentes sin recurrir a la violencia y cómo ganarse la simpatía de gente que no creía en los principios anarquistas. ¿Cómo debían repartirse la escasa comida y las medicinas?… Y un largo etcétera.
