Centro del Libro de Aragón > Publicaciones > Alejandro Cañada, palabra de artista

Alejandro Cañada, palabra de artista

Mª Isabel Sépúlveda Sauras

2012.

56 páginas.

235

x 200 cms.

Revista

ISBN: 978-84-936068-8-6

Nº: 6

Artista vocacional, Alejandro Cañada brilla en nuestro panorama artístico del siglo XX con una impronta significativa en la que se aúnan y solapan, de manera inseparable, una fecunda actividad creativa con una apasionada dedicación a la pedagogía artística. Caminos vitales y profesionales que han dado como resultado una intensa producción pictórica y un impecable legado artístico materializado en varias generaciones de discípulos y en sus propios hijos, algunos de los cuales han heredado sus aptitudes estéticas, destacando Natividad Cañada, con una proyección nacional e internacional indiscutible, M.ª Ángeles Cañada, que ha trasladado al siglo XXI el sueño pedagógico de su padre, manteniéndose al frente de un nuevo Estudio Cañada, así como sus nietos, Clara y Carlos Carnicer Cañada, pertenecientes a la última generación de artistas con este apellido

Alejandro Cañada Valle nació en Oliete (Teruel)1908, siendo el tercer hijo del matrimonio formado por Vicente Cañada y Adelaida Valle. Su infancia transcurrió en esta localidad turolense, donde, además de ayudar a su padre en el comercio familiar –una tienda de aquellas en las que se vendía de todo–, pronto comenzó a familiarizarse con el mundo de las artes. Primero con la música, ya que su madre era una notable pianista, que inició a sus hijos en su estudio.

Tuvo la oportunidad de la Diputación Provincial de Teruel, que le concedió una pensión que le permitió estudiar, desde 1929 a 1935, en la Escuela Superior de Pintura, Escultura y Grabado de Madrid, donde, además de compartir aula con alumnos como Salvador Dalí, contó con el magisterio de figuras tan relevantes como los luministas valencianos Cecilio Pla y Gallardo o Manuel Benedito Vives. En aquella época la enseñanza oficial de las Bellas Artes estaba sometida a rígidos principios decimonónicos en los que el papel fundamental lo asumía una composición equilibrada, el uso descriptivo del color, la perspectiva y el volumen, todo ello sometido a un estricto y convencional dibujo. Pese a ello, los años veinte y primeros treinta fueron en nuestro país de verdadera renovación artística, de manera que nos imaginamos a nuestro artista en plena etapa de aprendizaje y recibiendo todo tipo de estímulos para desarrollar todas sus capacidades plásticas y expresivas, completando su formación con algunas bolsas de viaje que le permitieron visitar Mérida, Granada y otros sugestivos lugares, que quedaron grabados en unos interesantes documentos fotográficos que conserva la familia.