La poesía no está hecha para mostrar o recuperar un pasado, sino para explicar y justificar el presente. Al menos, los versos de Carmen Arduña en este poemario, fruto de un estado anímico permanente, con altas y bajas pero constante, en el que la constatación de horror del mundo y de la realidad circundante dibuja sus versos tristes(…): una concepción de la historia en espiral, el dolor por lo visible pero también por lo invisible de los hombres y las cosas, y por el tiempo que se llevó las esperanzas sin traernos las victorias. La conciencia del horror y su inutilidad, la lucha ineficaz, la derrota de los optimistas, el final del tiempo y la comprobación, una vez más, de que hemos de seguir aunque nunca logremos nuestro objetivo.
(Fragmento del prólogo de Fernando Rivarés)
