La poesía es una visión emocional del mundo. He estado a punto de escribir una «explicación emocional», pero enseguida he pensado que los poetas no tienen que explicar nada. Un poeta muestra, expone, sugiere (sobre todo sugiere) una emoción.
Una emoción que es una imagen del mundo. Y Fran Picón, como poeta que es, no hace otra cosa en este Al otro lado del abismo. Lo que no es poco. Expresar una visión del mundo con un lenguaje emotivo, coherente y pleno no está al alcance de cualquiera.
Vivimos una época de desolación. Cualquier espíritu sensible se siente desgarrado ante la situación del mundo. De ahí que la visión que nos presenta Fran sea desesperanzada y dolorosa, ya desde el título del libro, Al otro lado del abismo.
Ese abismo, que da también nombre a la parte central y más extensa del poemario, es el propio mundo, la misma realidad angustiosa ante la que se halla el poeta y en la que los lectores nos sumergimos gracias a un lenguaje vibrante, con imágenes palpitantes de sentido.
Nos encontramos ante una poesía del «yo». Y una poesía que nos emociona. Lo que sentimos ante su lectura no son las emociones de Fran, son las nuestras. Esto se debe a que el «yo lírico» no es el yo del autor, sino una construcción lingüística que por medio de figuras (imágenes, metáforas…) es capaz de hacer surgir en nosotros un sentimiento. Claro que esto solo lo hacen los buenos poetas, como el buen poeta que es Fran Picón.
Me vienen a la memoria los versos de Antonio Machado en Nuevas canciones: «Con el tú de mi canción / no te aludo, compañero; / ese tú soy yo». No quiero enmendarle la plana a don Antonio, pero sí diría que este libro viene a demostrarnos que la poesía funciona al revés, como si nos dijera: «ese yo eres tú». El yo de un poema verdadero es el del lector. Y Al otro lado del abismo tiene muchos poemas verdaderos.
Joaquín Sánchez Vallés
