Aunque estas historias están ubicadas en un espacio reconocible (el valle del Jiloca y la ciudad Daroca), en un tiempo concreto (las décadas de 1960 y 1970) y con unos personajes reales que algunos hemos conocido, todo cuanto circula por estas páginas puede ser entendido por un gallego de El Ferrol, un catalán de Reus, un manchego de Alcázar de San Juan o un alavés de Vitoria, e incluso por un inglés de Leeds, un ruso de Verjoiansk, un jamaicano de Kingston, un australiano de Canberra o un japonés de Kyoto.
Porque son historias entrañables, tiernas, duras, crueles, felices, políticas, sensibles, sociales, o sea, humanas, muy humanas.
Porque reflejan un tiempo y unos personajes ya pasados, pero vivos en la memoria, en el recuerdo y en un pasado que nunca fue mejor que el presente.
Porque son cuentos, en el sentido más literario del término, que nos transportan a un mundo onírico, que un día fue real, o tal vez no, pero que nos transportan a un pasado que parece mejor, no porque lo fuera, sino porque éramos más jóvenes, más fuertes y estábamos cargados de esperanzas e ilusiones irredentas.
Las gentes del Territorio Jiloca y de la España vaciada entenderán perfectamente cuanto está escrito en este libro, pero los lectores inteligentes de cualquier parte de este mundo lo disfrutarán leyéndolo y lo degustarán como el mejor de los destilados.
José Luis Corral
