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Fondo de armario. Inventario incompleto

Anabel Corcín

2023.

102 páginas.

Libro

ISBN: 978-84-126919-5-5

Prólogo de: Íñigo Linaje

Hay quien concibe la poesía como un inventario de ausencias, para otros es un juego para alimentar su ego. Hay quien habla de ella como instrumento de comunicación o como aspiración estética. Y quien afirma -rotundamente- que la poesía es el precio que algunos pagan por no saber vivir. De todas las definiciones me quedo con la última: la formuló José Emilio Pacheco. Y con la primera, ya que escribir es inventariar lo que ya no está, lo ya pasado; pero también celebrar la alegría efímera, las dádivas diminutas de lo cotidiano.

Escribimos para preservar instantes, relevantes e irrelevantes, de nuestros días; pero también las sombras de nuestras noches. Escribimos -acaso- para tratar de entender “por qué la vida quiere vida siempre”. Y es de ese deseo de permanencia unamuniano, de esa tensión vital por celebrar el presente y el pasado, de donde nace la obra de muchos poetas, también la de Anabel Corcín, autora del verso anterior.

Anabel Corcín practica en Fondo de armario una poesía antirretórica, directa y coloquial. Una lírica realista y urbana que la emparenta a otros poetas buscadores de lo esencial como Roger Wolfe o Karmelo C. Iribarren, pero también a nombres clásicos como Lorca o Cernuda. A lo largo de todo el libro observamos el paisaje de la ciudad como telón de fondo, tamizado siempre por la intimidad de la autora; una intimidad cifrada en un eje temático donde el amor y el desamor se hermanan con las epifanías cotidianas y el paso del tiempo.

Poeta celebratoria y melancólica a la vez, Anabel Corcín dice cosas sencillas y hermosas en sus versos: la alegría de contemplar el mar, la eternidad de un beso, la memoria de la amistad. Y dice cosas terribles: la evanescencia inevitable del amor, la perspectiva dolorosa del adiós de los seres queridos, el paso irremisible de los años y el ingreso en la madurez. Pero no hay tremendismo nunca en sus palabras, sino asunción natural de la realidad; no hay asomo aquí de egolatría, sino voluntad de acercarse a los demás, de empatizar con el lector.  Leyendo los poemas del libro, uno los va haciendo suyos, porque las experiencias de los otros son las nuestras y actúan en nuestro entendimiento como espejos que nos hablan… Releo los versos de Anabel y me reconozco en ellos. Nos une la palabra, el lenguaje de los sueños, la misma herida. Y tal vez –“la terrible soledad de las palabras esdrújulas”- sea el precio que pagamos por intentar vivir.

Íñigo Linaje