A los amantes de la unidad temática y del hilo conductor no les defraudará. Se distinguen dos constantes en, prácticamente, todos los cuentos: Barcelona y la marginación. La Barcelona que aparece casi siempre es la del Raval cuando aún se conocía como Barrio Chino, la de las últimas décadas del siglo XX. Una Barcelona que no había aprendido a maquillarse. Aunque ya era vieja no pretendía ser joven. Una Barcelona que no enamoraba a primera vista como ahora, pero que se te quedaba dentro como un antiguo amor o un resfriado mal curado. El otro eje vertebrador también tiene muchas caras, aunque el tema sea siempre el mismo. La marginación vestida de prostitución, de homosexualidad reprimida, de vejez relegada, de piel oscura, de pobreza, de adicciones, de ignorancia, de machismo… y otra vez vestida de mujer. La marginación, por desgracia, no pasa nunca de moda. No aparece aquí como lección del día ni caballo de batalla en la tertulia. Aparece como lo que es: una realidad insoslayable, que el autor no puede cambiar. Pero cuando escribe puede hacer que sus putas sean razonablemente felices, que los palanganeros sean buenas personas, que los viejos puedan tener una segunda oportunidad, que un maricón enseñe a la gente de orden en qué consiste de verdad la ética, que se pueda preferir el incesto a las honorables tradiciones, que los proxenetas pierdan la mano con que pegan y que la mujer maltratada pueda escapar de su asesino. De todo esto y de algunas cosas más tratan estos cuentos de Carlos Domènech, un escritor que sabe nadar sin guardar la ropa, apostando por una «literatura de frontera» que, en definitiva, no busca sino salvar aquello que vive amenazado por la desaparición. El autor toma partido y elige el sentido crítico, la reflexión, la lucidez, el riesgo… frente a la literatura kleenex para «devolver al texto literario el protagonismo que nunca debió perder» (A. S.).
