El fondo generatriz del libro surgió en un principio de dos fuentes: por una parte, de la recopilación de escritos del santoleano José Aguilar Martí, quien se ha pasado la vida investigando sobre el desaparecido pueblo para que su memoria perdure; por otra, del gran archivo de imágenes aportadas por otro santoleano, Miguel Perdiguer Aguilar, veterano fotógrafo y testigo de un siglo de vida en el Bajo Aragón. Posteriormente , se incluyeron los recuerdos escritos de otro hijo de Santolea, José Daniel Gil Guillén. Toso estos fondos permitieron preparar un pequeño dosier divulgativo y abundantemente ilustrado. A todo este material, se ha añadido los sentimientos y vivencias de otros hombres y mujeres que tuvieron que abandonar Santolea y que aún permanecían vivas. Con este fin, Susanna Anglés, componente del GEMA, entrevistó a varias personas para recoger su legado testimonial.
Diez años después de su gestación, el contenido del libro se ha ampliado con una introducción sobre la geología de Santolea, a cargo de Luis Mampel Laboira, y con un basto apéndice documental, adicional al primer escrito de José Aguilar. Con imágenes históricas, tomadas durante la construcción de la presa a finales de la década de 1920 y principios del 30, pertenecientes al archivo de la Confederación Hidrográfica del Ebro, y otras estampas de particulares.
El pueblo estaba sumido en una especie de letargo. El polvo había invadido las afueras y las calles se desconocían ante tanto descontento. Sólo una casa con aire nobiliario y poco más se mantenía en pie. No había miedo entre nuestros pasos, pero sí una atmósfera de triste existencia.
Nosotros preguntábamos aquellas dudas que estaban agolpadas en nuestro bloc de notas…. ellos paseaban y se mantenían en una quietud hermanada con el silencio. A su lado sólo se podían oír los pasos sobre el polvo de adobe. Ellos explicaban, de vez en cuando, qué había antaño donde hoy casi no se distinguía piedra sobre piedra.
Había miedo a perder más de lo que ya habían perdido. La mirada de nuestro anfitrión estaba enmudecida, húmeda y un poco quebrada…. tenía que hacer un esfuerzo por no perder aquellas lágrimas almacenadas día a día, desde que dejara de pisar unas calles que llevaban a muchas partes de aquel su pueblo.
Aquel rincón poblado y humanizado fue amenazado por las aguas del pantano que cada día iba comiéndose sus cultivos…. pero, en realidad, había sido derrotado y derrumbado por una desilusión que se presentó en forma de polvo. Lo que no pudo el agua, en Santolea lo pudo el polvo.
Éste fue un pueblo dinámico y de alguna manera, mientras vivan aquellos que lo rescatan del olvido nunca dejará de serlo: aunque el polvo y las ruinas rompan el sosiego de unas calles calladas, aunque las aguas inunden las huertas que les vieron crecer como pueblo.
Textos de José Aguilar, Susanna Anglés, JJ Benítez, José Daniel Gil (coautor fallecido), Laura Berné, Pedro Bel y Luis Mampel Laboira. También hay textos de miembros del Grupo de Estudios Masinos y del fotógrafo Miguel Perdiguer, de cuyo archivo se obtuvieron las fotos.
