Algunos tienen efecto directo sobre cotas de bienestar y seguridad que se creían garantizadas, otros se experimentan como perturbación y amenaza, provocando reacciones sociales de diverso tipo.
A tenor de los datos más acreditados, la globalización parece haber incrementado la renta de la mayor parte de la población mundial. Sin embargo, en el primer mundo están apareciendo nuevas formas de desigualdad que generan exclusión social y frustración de expectativas para amplias capas de la población. Una parte de ella corre el riesgo de “quedar atrás” (left behind), de perder el tren en un contexto de grandes transformaciones tecnológicas y del tejido productivo, que imponen la automatización de procesos productivos y reclaman la adquisición de nuevas competencias, condenando otras a la obsolescencia.
Junto a ellos, otra parte -el precariado- vive con angustia la precariedad en el mercado de trabajo, la imposibilidad de planificar horizontes de futuro, de seguir los itinerarios que configuraban tradicionalmente el ciclo vital (en lo que concierne a la emancipación, la formación de familias, las decisiones de fecundidad, etc) y satisfacer expectativas normativas y aspiraciones socialmente previstas.
En este escenario aparecen nuevas fracturas y se extienden nuevos conflictos. Este marco de conflictividad creciente alimenta procesos de desafección e insurgencia. Tras años de crisis y de incertidumbre, el saber experto ha sido puesto en entredicho por no ofrecer recetas para abordar las nuevas realidades de la vulnerabilidad social, cuando no por complicidad con las élites políticas a las que se percibe como responsables de estos procesos. Una cierta ola de anti-expertismo recorre el mundo occidental. Abanderándola encontramos a líderes populistas que explotan la desafección ciudadana en sus diversas manifestaciones, prometiendo la superación de las condiciones actuales ya sea a través de la construcción de muros, la ruptura de marcos territoriales de soberanía o procesos constituyentes que aspiran a cambiar radicalmente con el statu quo.
Al mismo tiempo, es un marco que ofrece oportunidades. La más obvia es la de repensar las políticas públicas que no han sabido ofrecer respuestas adecuadas a estas corrientes de fondo.
