Las partes segunda y tercera de este volumen de relatos reúnen pequeñas variaciones de corte vario, incluyendo un pequeño homenaje a Julio Cortázar en «Camino tomado» y un cuento sencillo, «La mascota nocturna», inspirado en la sinceridad inocente de la infancia.
El libro se completa con «Dos rarezas de ayer», un apéndice que contiene dos inquietantes narraciones, con la Inquisición y su locura cruel como horizonte de la primera de ellas y, en la siguiente, el extraño deseo individual de buscar y transgredir la última y definitiva frontera sin temor a las consecuencias.
Como dice Juan Bolea en el prólogo, «La poesía y, por ende, la prosa poética, le es, ha sido siempre consustancial a Verón, quizá su fuente primigenia a la hora de encontrar los manantiales de inspiración más próximos, su más rápida y urgente vía de comunicación con la musa y con esa voz que unas veces llamamos interior, conciencia, yo y otras, simplemente, narración, coralidad, generación, destino…».
La lectura de El espíritu del frío sugiere y entretiene gracias a un lenguaje preciso y llano y no pocas veces nos encamina hacia la reflexión y al deseo de que las palabras sigan brotando, como si se tratara de un texto sin final aparente.
