Como comenta Roberto Miranda en el prólogo, La crisis de Crisálida “no nace del deslumbramiento juvenil ante el mundo, (…), en el que la claridad siempre viene de arriba y es un don (…) sino que la luz llega forcejeando con las tinieblas desde el fondo de uno, desde más abajo del dolor. (…) Poesía, pues, restauradora y sencilla. Ya no es el deslumbramiento ingenuo del mundo por estrenar, ni el sentimiento de pérdida tenaz” que mostraba en su anterior poemario, sino que “comparece esta vez con la existencia prácticamente saldada. Y, contra pronóstico, recoge unas gavillas pequeñas de versos alegres que trascienden la vida y la iluminan. Ya no quedan ilusiones, que casi todas pasaron. Queda una realidad transformada milagrosamente en poesía; la certeza de que de lo pequeño siempre surgirá algo grande”.
