Estas Confesiones melancólicas responden al doble propósito de contar todo aquello que a lo largo de la vida ha llenado el ser anímico del autor y de buscar la paz interior que piadosamente cierre el largo periplo de una vida intensa y, en ocasiones, dolorosa. Casi a la manera en que el filósofo Proclo reclamaba: «Dejadme descansar, pues estoy cansado, en el refugio de la piedad». Escribir un libro como este supone haber perdido, en buena medida, el arraigo que con tanta fuerza nos sujeta a los engaños y captaciones de la vida ordinaria, pero implica también, porque homo sum, mantener inevitablemente dosis apreciables de autoengaño y vanidad, aunque solo fuera porque esta última, al decir de Ernst Bloch, es el «último vestido de que se despoja al hombre».
