“De una de las guerras de la entonces Yugoslavia, ese éxito televisivo, recuerdo la imagen de una mujer abatida en la tierra de nadie, entre trincheras de barro, un cuerpo sin vida que nadie recogió de la inmensa zona gris durante días. Ese, quizás, es el único espacio poético que queda para quien quiere evitar caer en lo banal: bajo condiciones extremas de dolor y goce para páginas del libro, tomar la mano del muerto, mirar con sorna al deliro, diseccionar y aventar «flores de estiércol» como el tani más puri nos invita a hacer.” (Daniel Rabanaque).
