En 1814, Fernando VII, de regreso desde su cautiverio en Valençay, asistió a un solemne Te Deum en la basílica del Pilar en Zaragoza. El acto, de acción de gracias, ocultaba fines no tan inocentes. Un nutrido grupo de asistentes había coincidido seis años antes en una fiesta en la que vaticinaban inmejorables perspectivas tras la caída de Godoy y la abdicación de Carlos IV. Sin embargo, la época que se avecinaba era de guerra, desolación y muerte. Pero también resultó ser de heroísmos y una oportunidad para construir desde Cádiz una nueva Nación.
